domingo, abril 15, 2018

¿Existe el amor a primera vista?



En el proceloso mundo de las citas algún chico me habló del amor a primera vista y en cómo su idealización de ese instante mágico lo mantenía preso de relaciones insustanciales. Sale con chicas pero no ha vuelto a sentir lo que le ocurrió hace mil años en una discoteca de Torrevieja. Por tanto, todos sus encuentros carecen de importancia y, por supuesto, de futuro. Es probable que se muera y ya no sienta nada similar y como tiene la creencia de que si faltan las mariposas no es amor, saltará de relación en relación perdiendo el tiempo y, lo que es peor, haciéndoselo perder a los demás.


¿Existe el amor a primera vista?
Existe la atracción a primera vista, que luego eso se transforme en amor depende de muchos factores. Es innegable que ese momento mágico en el que que tus ojos, corazón y sexo conectan con otra persona de inmediato produce un subidón espectacular  y nos puede arrastrar a una adicción de sensaciones fuertes. Eso es un chute. No es amor. El chute se puede transformar en relación pero no siempre ocurre así.

El psicólogo Mario Guerra habla de varios aspectos de la persona: el halo, la personalidad, las creencias y los valores. A los guapos siempre les envuelve ese halo especial. Es más fácil que suframos eso del amor a primera vista con un bello/a, que con un feúcho/a.  Esto les ocurre sobre todo a los hombres que son más visuales que nosotras. Si el halo nos impacta pero personalidad, creencias y valores no están en consonancia con nosotros, ese subidón no fructificará en nada sólido. Se quedará en un gas bonito, en una nube de color rosa. Dejadme que me ponga cursi, ya que estamos hablando de flechazos.

Idealizamos el amor a primera vista porque confundimos intensidad con profundidad. Que de pronto alguien no te quite ojo y viceversa, que sin saber nada de esa persona sólo quieras acercarte a ella, olerla y conocer cada detalle de su vida es algo muy intenso. Imaginad que esto nos sucediese a diario, o una vez por semana. La cabeza se iría de madre y viviríamos presos de ese "sasasú" paranoíco. Por eso el amor a primera vista ocurre en tan contadas ocasiones y siempre te pilla con la guardia baja.

La intensidad es maravillosa pero qué duda cabe que uno se siente a gusto cuando ha establecido un vínculo sólido con la otra persona a fuerza de coincidencias y compatibilidades. De esa intensidad pasamos a la profundidad, una vez se calma la química y se da tiempo al tiempo.

Existen hermosas relaciones que no pasan por el flechazo. Que se construyen a base de diálogo, encuentros y desencuentros. Y amas a la otra persona por lo que es, no por una idealización irreal. 
Por supuesto, debe reinar una atracción de base para encender el motor y los corazones.
El otro no te promete un orgasmo infinito como ocurre en el subconsciente cuando te atraviesa un flechazo. El otro se acerca despacio, te va conociendo y teje una tienda de campaña a tu alrededor. Y entonces llega ese momento también mágico. Ese instante en el que estás con él/ella tan natural como si estuvieras contigo mismo. Y no necesitas hacer piruetas, ni tan siquiera hablar.

Los fuegos artificiales se sustituyen por esa calma pletórica de mirar a tu partenaire a los ojos y encontrarse con su verdad y enamorarte de ella.  Y él de la tuya.
Ese es el camino contrario al flechazo, la carretera secundaria del amor que, a la postre, construye relaciones más reales y duraderas.


domingo, abril 01, 2018

Detrás del cristal




Hace unos días un ex novio me vio por la calle y en vez de pararme o saludarme, me envió un audio horas después. Que parecía una niña, que parecía hasta contenta, como "Alicia en el país de las maravillas". Esta tontería me hizo reflexionar.

Para mi amigo soy un caso perdido. Divorciada, 47 años, con una economía tambaleante; Sola en la vida haciendo frente a todos los desafíos. Pero hete aquí que estoy feliz en el vertedero de los "singles". Los hombres creen que no somos nada sin ellos y se equivocan. Yo también estaba errada. He pasado décadas con terror a la soledad. Y el camino del miedo siempre te conduce al descalabro o al hastío.

Quizá sea cierto, vivo detrás de un espejo, todo me llega insonorizado en mi burbuja de realización conmigo misma. Y en estos momentos la relación más importante que tengo es con Lola. Los compromisos que adquiero están en una lista de intenciones que no comparto con nadie y si, "parezco hasta contenta" es porque lo estoy. A veces, hasta yo misma me extraño.

¿Cuántos de nosotros vivimos tras el cristal?  Allí a veces hace frío, niebla, incluso te pierdes en el punto de fuga. Y tú misma te cansas de tu propio reflejo por más piruetas que realices. Ese yo repetido hasta el infinito te devuelve tus mil caras. Las hermosas, las terribles, el monstruo, la bella pero cumplir las metas que te marcas te otorga un plus de credibilidad contigo misma. Subes puntos, sube tu autoestima y esa que está frente al espejo te parece una tía increíble, que madruga y que se sonríe satisfecha a las siete de la mañana.  Y llega ese momento en el no estás dispuesta a renunciar a nada, ni hacer concesiones al otro lado del cristal, si éstas te violentan, si te afrentan, si entran en franca contradicción con tu lista de intenciones. A tu lado sólo sobrevive alguien con tu misma escala de valores y tu mismo entusiasmo por la vida. Una aguja en un pajar, sí.  Por eso a veces es mejor sola, Alicia.

En esta sociedad pantallizada, donde todos somos paseadores de móviles, cada cual está en su burbuja especial, tras su cristal y nos vemos reflejados en las miradas de los otros. Cuántos adolescentes viven obsesionados con los "like" en sus cuentas de instagram. Nos auto observamos y auto retratamos a cada rato.

Aprender a mirarse y retratarse las sombras y los escombros es bueno. Quedarse perpetuamente tras el cristal es malo o, como poco, aburrido. Como ver a alguien a quien dices querer por la calle y quedarte mirándola, de brazos cruzados y garganta muda.

Romper el techo de cristal es tarea de todos, no sólo de Alicia que traspasa espejos, que se cae en pozos, que come y bebe lo que no debe, que se junta con malas compañías y casi consigue que le corten la cabeza. Las relaciones tras el cristal son una estafa. Lo mismo ocurre con las personas que son pura intención y nunca acción. Obras son amores.

Llevo días escuchando la palabra merecer. Nosotros no escogemos el objeto de nuestro amor pero sí podemos decidir en quien depositar la confianza y el afecto. El trabajo y el compromiso con nosotros mismos es lo único que en verdad nos hace merecedores. El premio es que sales de tu huevo, rompes el espejo y eres esa persona que siempre habías soñado ser y te enamoras de ti.

Que nadie se extrañe si te ven paseando por la calle con una sonrisa en la cara. Ese privilegio te lo has ganado.

lunes, marzo 19, 2018

Gritarte es un placer



El cuerpo exclama lo que lleva por dentro. Suspiros, risas nerviosas y ese grito. La explosión que se sucede durante y tras las fases de excitación y meseta. Esa explosión se denomina orgasmo, como probablemente sepan. Si en el transcurso de tan delicioso viaje se pierden, recuerden las siglas de Masters and Johnson: EMOR, o sea, Excitación, Meseta, Orgasmo y Resolución. Es como la palabra AMOR pero con “E”.


En la mayoría de ocasiones el aparato fonador ni se lo espera. Tú tampoco. Y cientos de rimas, cuentos y leyendas giran alrededor de ese instante, de ese calambre. Y uno se libera. Quizá no haya nada más auténtico y real que el grito surgido de las entrañas cuando llegamos al clímax. Aunque también hay soberbios fingidores.


¿Por qué gritamos al hacer el amor? Y me refiero a nosotras porque lo de ellos es casi un gruñido, la onda sonora del esfuerzo, el romper de la ola, un placer rizado que vibra en la boca. El volcán liberado tras la insoportable excitación. La dulce rendición y la segregación inmediata de prolactina, esa hormona que acompaña a nuestros dulces hombres en el periodo de resolución y los pone a roncar inmediatamente después.

Cuando el sexo es apasionado, intenso, lujurioso nos gusta más. A más deseo, más jadeos. Este binomio no falla y si la pareja te acompaña se sumará a tu canto erótico. Efectivamente, determinadas mujeres gritan y jadean para excitar al compañero. Es algo totalmente involuntario pero seguro que recuerdan algún momento glorioso con esa banda sonora de “Y yo más”. De esos duetos nadie da cuenta: existen en nuestra memoria, con suerte en nuestro presente y en el pabellón auditivo de alguien ajeno a tal festín (también casi siempre de un modo involuntario)


También las hay menos románticas que —conocedoras del subidón que provocan sus gemidos—se ajetrean y exclaman hasta con cierto escándalo para que ellos acaben de una puñetera vez. Ojo, también puede ser no premeditado, al menos conscientemente. Porque en la vida hay de todo: días de amor inmenso y días a las que una no le apetece picar más piedra. Porque hacer el amor con alguien que no te pone es exactamente eso. Un esfuerzo que te quieres quitar de encima cuanto antes. A veces, incluso de manera subconsciente “cómo voy a tratar yo mal a mi bizcochito, de eso ni hablar”. Pero lo tratas. Porque te aburre. Así que, cuatro alaridos, cariño, y estarás roncando en 3, 2, 1 ¡Ya!

¿Pero por qué en verdad gritamos las mujeres? Por genética. Un residuo de cuando éramos, digamos, menos evolucionados. Las noches de copulación eran exactamente eso, noches enteras dedicadas al noble arte de la inseminación fértil. El grito de la hembra era un llamado a los otros machos de la manada para que acudieran a inseminarla. Las mujeres de la prehistoria mantenían relaciones con cinco o más amantes en la misma noche. Así ha sido el 95% del tiempo de vida de la mujer sobre la faz de la tierra ¿Todo les cuadra ahora verdad, amigas? A nosotras nos cuesta arrancar, pero luego no podemos parar. O nos fastidia.Y a ahí los tienes a ellos, en otra galaxia a los cinco minutos de eyacular.

La madre naturaleza llama a la reproducción de la especie y en nuestro ADN eso es imborrable por eso ellos duermen tras la cópula y la mayoría de nosotras se desvela. Por eso algunos son silenciosos y la mayoría de nosotras, cuando nos sentimos en libertad, gritamos. Así complacemos a nuestro macho, sí, pero también llamamos a todos los demás.

lunes, marzo 05, 2018

El casting (qué cansansio)





Me lo dijo muy serio y era un tío más bien chistoso: "pues sí, bonita, tú estás en proceso de casting. Y la cosa es mutua. Es decir, los tíos también te están examinando". Tenía razón. Las redes sociales, las aplicaciones de ligoteo son puro casting. Qué cansansio, como diría mi admirada Martha Debayle

 A ella la descubrí hace poco en el proceloso mar de Youtube. Martha es una famosa comunicadora mexicana, también empresaria y tiene un programa de radio diario que es cañón, como se dice en chilango. Tratan esos temas que a todos nos interesan. Mucho de relaciones, mucho de crecimiento personal. Me tiene enganchada.Bravo por ti, bella. 

A lo que iba. Aquel sabio que me dijo lo del casting se llamaba Jose —creo recordar aunque, qué importa— vivía por mi zona y no fuimos novios, ni amantes ni medió entre nosotros ni un beso. Nos dimos algún paseo por la calle Mayor y se ofreció a trasplantarme los ficus. Debí haber aprovechado la ocasión, qué caramba. 

Hace unos dos años aterricé en este mundo de los separados. Al siguiente en el de los divorciados y aquí seguimos, de casting (qué cansansio) y aunque estuve sólo dos meses en una red social de ligoteo, aún restan secuelas de aquello. Desde la separación hasta hoy habré conocido —sin exagerar— a unos 20 hombres de todos los tamaños y colores. De varias nacionalidades también: italianos, belgas, holandeses. También españoles, claro. Casi todo ha sido impersonal y frío. De todos estos, sólo me gustó uno y no demasiado. Intimidad con casi ninguno. 
¿Exigente? Es posible. Pero no creo. Simplemente las normas de uso de las relaciones líquidas no van conmigo. Todo transcurre demasiado aprisa. A mi me encantan los paseos por barca y ellos me quieren montar en una moto de muchas cilindradas. No way. Me despeino y me pongo fea y desagradable. Da la sensación deque la mayoría buscan un “aquí te pillo, aquí te mato”. Lo respeto, pero no me va. De hecho, afirmaría sin temor a equivocarme que no nos gusta a ninguna salvo que tengamos un compañero sexual de confianza ¿Y para eso qué se necesita? Exacto: tiempo. 

Y llegó el momento. Ese momento en el que me dije: “¡Qué cansasio, híjole, tate quieta mana!”. Y así estoy en plan "que el amor me encuentre" y reservando mis energías para todo lo demás. 

Ya no me vuelvo loca por los bolsos Gucci, aunque me encanten. Lo que me obsesiona es exprimir cada minuto. El tiempo sólo se lo doy a quien me interesa. Rechazo las relaciones por whasap, a los tíos que te dan bola pero nunca van a verte y doy cero esperanzas a los que no me atraen nada. Detesto perder el tiempo y hacérselo perder a nadie. A veces soy de una franqueza intolerable y me dejo llevar por lo que mi amiga Silvia Arenas denomina el "sacral". Si me da buen rollo, adelante. Si me da malo, si me pone en alerta, fuera. Si no entiendo sus chistes: “no future”. 


Y sí, es cierto, ya me las sé todas. He aprendido a no contestar a hombres que casi no conozco porque la mayoría de ellos sólo están aburridos, no quieren ni conocerte en verdad. He aprendido a poner las reglas y no diré que soy una descreída, pero sí: los veo venir a kilómetros. He aprendido a tener paciencia (cansansio cabrón); más bien pasotismo. Y la verdad, estoy tan ocupada con resolver mi propia vida que se acabó el rollo del casting. Como diría Homer: ¡Me aburro! y como diría Martha: el que tiene interés tiene pies. Hala, pues me pongo de nuevo en modo: “que el amor me encuentre”. Bye.

jueves, marzo 01, 2018

Morirse de gusto

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 Quedarse en blanco. Olvidar que existes. Flotar. Algunas mujeres, tras el orgasmo, sufren una leve pérdida de conciencia. Los franceses lo denominan La petite morte. Os juro que creía que todo el mundo conocía tal acepción. Pues no. Resulta que son más listos los chavales de 22 años que saben tanto como yo tras dos años de máster de Sexología. O eso le dijeron a la evaluadora.


 Masters and Johnson: media vida intentando solucionar la impotencia masculina y resulta que ellos conocían el método ¡¡Yo tuve que leerme varios libros sobre sus experimentos con parejas afectadas por disfuncionalidades!! Añadid mentalmente el emoticono de una sonrisa. Eso sí, todos ellos desconocían quiénes eran esta formidable pareja.

Sí, vivimos en un país de exigentes y de sabelotodos. Los hay rarunos, como la que escribe, que jamás se considera lo suficientemente preparada. Quizá tampoco sea tan negativo. Vamos de listos y luego pasa lo que pasa. Repunte de venéreas, del SIDA y no hablemos de los embarazos no deseados entre adolescentes.

 Tenéis que saber algo. He propuesto muchas veces dar charlas de educación sexual a algunos institutos. Cosas básicas: identidad de género, identidad sexual, atracción romántica, proceso de sexuación, proceso de procreación, evitar embarazos, evitar enfermedades indeseables. La respuesta es que no. Que es algo muy controvertido. Maldita sea mi estampa. Ahora vienen los “madresmías”, el rasgarse las vestiduras pero ¿A qué aspira esta sociedad hipócrita? 

Evitar hablar de sexualidad abiertamente no evitará que los jóvenes descubran lo que pueden hacer con sus genitales.

La tragedia no está en el incesto, a pesar de su sordidez. La tragedia no está en vidas lastradas por tener un hijo con 17 años cuando no eres ni siquiera capaz de cuidar de ti mismo. La tragedia no está en la dura decisión de un aborto. La tragedia reside en el desconocimiento atroz de las infinitas posibilidades de la sexualidad humana. Las infinitas posibilidades de goce y disfrute a lo largo y ancho de nuestros cuatro kilos de piel sin necesidad de poner en riesgo la salud o de traer al mundo a criaturas que preferirían nacer en un entorno más centrado.

 La tragedia es que adultos que leen estas columnas siguen al pie de la letra los mandamientos de la coitocracia cuando la esplendorosa realidad es que el sexo nos recorre por completo. No está entre las piernas. Está en el perfume que usamos (o no) en cómo vestimos, en cómo miramos. Hay comportamientos más sexuales que el coito que, en ocasiones, se acerca más a una tabla de Pilates que a esa explosión deliciosa de olores, sabores, sensaciones y afectos compartidos. Porque también se nos olvida. O se les olvida a los que quieren que nos tapemos los oídos y cerremos los ojos: el sexo es la expresión de un sentimiento, incluso del sagrado amor. Lo repito: el sexo también es la expresión del sagrado amor. Y así estamos. Mudos ante las noticias de niñas preñadas. Porque son niñas. Y en blanco, como nosotras en la petite morte. 

¿Ahora qué? Los de mi generación vivimos pegados a un condón por miedo al SIDA y porque incluso quedarte embarazada de tu novio medio formal nos aterraba. Los chavales de ahora lo saben todo. Ojalá de verdad conozcan todos los secretos de una sexualidad consciente, plena y responsable. Los jóvenes son jóvenes y están legitimados para menospreciar a los adultos pero las autoridades educativas y médicas deberían dejar a un lado sus creencias morales y procurar el bien común. Yo apuesto por la petite morte: morir de gusto, sí. Morir de estupidez y desconocimiento, no.

El triunfo de la tontería

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La actualidad me aburre. Siempre lo hace.  Aunque la realidad supera la ficción, los cachitos de lo que se supone que nos interesa cada día se alejan  cada día más de lo que me interesa. La estúpida noticia del fin de las azafatas en la Fórmula 1 por considerarlas un símbolo machista me produce bostezos. Tanta corrección política acabará con la libertad de expresión. De hecho, ya lo está haciendo, por eso nos fascina Juego de tronos: sangre, sexo, sudor, guerra, muerte, cenizas.

Y las pobres chicas azafatas, que eligen ese trabajo porque pueden, porque son monas y porque ganan en cuatro días lo mismo que yo en cuatro meses, a comerse los mocos (perdón, sé que suena fatal, pero me las imagino con su permanente de pestañas, su perfección física, sus horas de gimnasio y sus uñas de gel tirados a la basura). Están indignadas, no me extraña.

 Vale, ya sabemos todo eso de que puestas donde están, en un pódium, al lado del champagne y la corona de olivo las convierte en regalo más para el vencedor. Pero no lo son. Están ahí para la foto. Y punto. Si hay futbolistas, ciclistas, motociclistas, tenistas o corredores que las magrean, besuquean y se pasan de la rosca, ellas tienen manos para pararles las osadías. Pero qué manía tienen algunas de querer que la mujer sea esa víctima desvalida. 

Me niego a que ningún movimiento que ve agresión por todas partes me defienda. No lo necesito. Y como yo, la mayoría de nosotras. En los lamentables casos de maltrato físico y agresión en parejas lo que hay es una flagrante falta de educación en valores y una construcción cultural que algunas aceptan sin rechistar y las convierte en sumisas. No olvidemos que toda víctima necesita de su victimario. Y sin ambos, la agresión no se consuma. Luego se suceden las adicciones al drama, los círculos concéntricos de “me quiere, aunque a veces se pase” y toneladas de falta de autoestima por parte de ambos. Porque hay que tener muy poco amor a uno mismo para maltratar a la persona que supuestamente quieres y cero amor a ti misma para permitir que,aquel quien dice quererte con toda su alma,te machaque la cabeza y las costillas.

 Caso muy distinto es esa moda deleznable, entre algunos energúmenos, de violaciones múltiples. Drogas a tu compañera de cuartel y a follársela entre todos.  Resultado de la sociedad del juego en la que vivimos, donde no sabes si vives o pasas pantallas; donde el porno feroz reduce a la mujer a mero receptáculo de fluidos, laceraciones y golpes. También en este caso existe una flagrante falta de educación, ya no en valores, sino educación a secas. Los hay tan mendrugos que son incapaces de distinguir la ficción de la realidad. Y en la realidad hay consecuencias. Espero que castiguen a todos esos malnacidos, después de un juicio justo, eso sí.

  Las mujeres de Juego de tronos son poderosas, incluso un poco maquiavélicas. Ese empoderamiento es al que hay que aspirar y si soy poderosa y estoy buena y quiero ser azafata de Fórmula 1 o de las carreras de mi pueblo, que lo pueda hacer sin que venga ninguna organización a joderme el presupuesto anual. Y si hay azafatos, mejor que mejor. De verdad, pero cuanto me aburre todo esto. Me parece más interesante Carlos Canales, que hablará las posibilidades de la inmortalidad del hombre en el ciclo Universo Líquido, o, por supuesto la reina de Meereen, de Juego de Tronos: amorosa y justa, respetada y amada a pesar de la brutalidad de los hombres.

El final del compromiso

 
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 Los humanos del siglo XXI, tan descomprometidos y superficiales, somos incapaces de fijar una fecha con tres días vista. Todo es líquido, móvil, intercambiable. Las estructuras fijas desaparecieron. Lo efímero conlleva una parte de belleza esencial e indiscutible. Ya lo cantaba la inmortal Rocío Jurado: jamás duró una flor dos primaveras. Sin embargo, conforme pasan los años —quizá precisamente por eso— me aferro a lo que permanece. Lo que nos arraiga a la vida, lo que nos hace esencialmente humanos. 

Los hijos, por ejemplo. Los amores de verdad, los amigos de la infancia. Esas personas raíz y referente en tus memorias: un profesor que marcó tu vida, las zapatillas que te regaló aquel vecino que te convirtieron en deportista por siempre, la canción que te descubrió el misterio de las relaciones, tu familia y — cómo no—la playa de la infancia. Lo efímero tiene su encanto pero, personalmente, me irrita. Se salvan los ramos de rosas, o las rosas sin ramo, o el aire que respiramos, o las cañas con marineras que duran un segundo mientras charlas con tu amiga del alma al solecico. 

Sin embargo, rosas, cañas, marineras y sol conforman en muchas ocasiones momentos eternos. La red de afectos tan importante para sostener nuestras vidas y mantener tersa la sonrisa. Ese andamiaje de besicos, “cuidate”, “te quiero mucho” y abrazos, muchos abrazos. Ese mapa de relaciones humanas nos define, nos construye, nos cuida, nos mantiene sanos y salvos de la depresión y la tristeza. Y eso jamás puede ser efímero. Para bien o para mal, hemos de aprender a navegar en este mundo donde, definitivamente, ya nada es para siempre y dónde los valores permanentes gozan de cierto tufo a alcanfor. Cierto, venimos al mundo sin libro instrucciones y de existir un tratado para permanecer a flote en tiempos de tormentas y naufragios, este nacería con su correspondiente obsolescencia programada.

  Cuando uno se resiste a fijar lo que sea: una amistad, una relación, el fin de una relación o una bonita palabra del vocabulario es por el temor a creer que se está perdiendo algo ¿Y si me descalabro? ¿Y si me equivoco? ¿Y si por el camino encuentro algo mejor? Hala, pues lo dejo en el aire y juego con el calendario, con los planes y en definitiva con las personas. Cuando se juega con las personas de ese modo se las cosifica. Las transformas en mercancía. Y esto es aplicable a todo tipo de relaciones. Pero tengo dos noticias: primera, jugar con las vidas ajenas siempre conlleva consecuencias. Seguda, equivocarse no es tan malo. Es más, se precisa el error para obtener ese hallazgo que transforma las cosas y que nos lleva a ese momento Eureka. Cuando uno deja en manos del “tiempo” la solución de determinados dilemas morales o decisiones importantes que afectan a otros, en la cuenta atrás, algo le explotará en la cara. O decides, o te “deciden”

Eso de que el tiempo pone cada cosa en su lugar tiene su parte de realidad  pero, y les doy otra noticia: no siempre ese lugar será el de tu agrado ¿Quién te dice que el tiempo será tu aliado? Puede ser el más cruel de tus verdugos. Yo soy partidaria del compromiso. Primero con uno mismo y después con los demás. Partidaria de coger el toro por los cuernos y ser valiente para tachar el “Sí quiero”, el “No quiero” en tu vida, a pesar de las consecuencias. En esta época de gilipollez supina, selfitis, ombliguismo y miedo a tomar partido, lo valiente, lo revolucionario y subversivo es apostar por el compromiso.

Límites calientes

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Lo confieso. Me halaga que me entre un chaval de 20 años y me diga que le doy mucho morbo y que le gustaría, ejem, tener sexo conmigo. No me ofende. No me enfada. ¿Esto puede considerarse acoso? Desde luego que no. No a mis ojos.

Me puede divertir que hombres con pareja hechos y derechos me expliquen mirándome a los ojos y sin asombro de vergüenza que hay hombres y mujeres que sólo quedan para acostarse. Yo ni pestañeo. Sonrío y contesto: pues ese rollo no me va. ¿Estoy inmunizada ante los lances atrevidos? No lo creo. Es más, me divierten. Me causa simpatía dar esa impresión de ser tan accesible, incluso fácil, aunque, no lo sea en absoluto. A veces callo, observo, espero pacientemente cuán lejos pueden llegar las proposiciones. Porque en el fondo todo es cuestión de límites.

  ¿Es en verdad el hombre ese depredador sexual de libido desatada? ¿Qué ha pasado hasta ahora? ¿Hemos consentido determinados comportamientos porque “ya sabes, son hombres no dan para más"? ¿Acaso no ha existido connivencia por parte de algunas mujeres para dar cabida a estas situaciones? ¿Soy una mala mujer y poco solidaria por decir esto en voz alta y ponerlo negro sobre blanco? No creo. No a mis ojos.

 Cuando en los años 40 las actrices de Hollywood buscaban ser adoptadas por una productora ¿estaban dispuestas a todo? La respuesta es sí. O casi siempre sí. La mayoría de ellas procedían de mundos terribles. Rita Hayworth, sin ir más lejos, sufrió abusos sexuales por parte de su padre ¿Qué Harry Cohn le magreaba el culo de cuando en cuando? Pongo la mano en el fuego.

Lo que ha declarado esta semana Brigitte Bardot acerca de que muchas han calentado a los productores para que les den un papel no es ninguna tontería. Es verdad aplastante. Sin entrar a juzgar moralidades, hay personas que se juegan lo que sea en pos del éxito. ¿Acaso no lo harán hoy día también muchos hombres atractivos? Me apuesto el cuello. El terrible peaje a pagar por tantas mujeres y hombres que han perseguido el estrellato era en algunos contextos algo consabido. En otros, tolerado a regañadientes. Ahora todas han decidido hablar y me parece legítimo, pero en ese juego perverso han estado inmersas/os durante décadas. Es injusto, es deleznable, pero del mismo modo que algunos hombres prueban a ver hasta dónde pueden llegar con proposiciones verbales (si cuela, cuela); las personas que ostentan puestos de poder también prueban. ¿Dónde tendrá el límite fulanita?.

En algunos casos, imagino, que se pierde el sentido de la realidad, tal y como le ha ocurrido a Harvey Weinstein. Presentarte en bata, desnudo, en la habitación de hotel de una de tus actrices ya oscarizadas es mear fuera de tiesto. Si era su práctica habitual pedir un piquito, un masaje u otras demandas, eso se enmarca en un contexto de tolerancia generalizada a este tipo de comportamientos. Ni disculpo, ni acepto. Imagino que a muchas no les quedaba más remedio y que a otras les daría casi igual y no verían mayor problema. A este respecto hay otro particular.

 El peligro de realizar juicios mediáticos y erradicarla presunción de inocencia siempre y en todos los caso de denuncias por acoso. Lo proclamaba también en voz alta mi admirada Margaret Atwood “¿Soy por eso una mala feminista? No lo creo, no a mis ojos. Todo es cuestión de límites Tenemos derecho al honor, a la intimidad y la propia imagen. Todos somos inocentes salvo que se demuestre lo contrario pero ¿Quién establece el límite entre las denuncias públicas y la calumnia?

Indefensión aprendida

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Esta semana escuché que el ser humano actúa movido por dos impulsos: la búsqueda del placer y el miedo. Es muy simple, lo sé, pero una gran verdad a poco que reflexionemos. En la base de la célebre pirámide de Maslow residen elementos tan básicos como la respiración, la alimentación, el descanso, el sexo y la estabilidad metabólica. Los regímenes autoritarios, los torturadores, las políticas de exterminio bien conocían este primer escalón.

Si te quitan la comida, el descanso, la mínima circunstancia que te permita un día a día normal, te vienes abajo. O se te va la cabeza, o pierdes todas las vitaminas de tu cuerpo y ese cerebro tuyo capaz de luchar contra los elementos se doblega ante las circunstancias.

 Del sexo no hablemos. Poca gente me toma en serio pero la falta de sexo real en las sociedades modernas nos está condenando a soledades atroces, a relaciones estúpidas y frías tras una pantalla de ordenador o un dispositivo móvil. En Japón, una de las sociedades más ricas del planeta, cada vez se practica menos el sexo entre personas. Ustedes hagan su propia cuenta. Es claro meridiano.

¿El sexo qué genera? Para empezar una gran autoconfianza, endorfinas, un "feeling good" imprescindible para la evolución. Pero la sociedad detesta el cambio y, especialmente,  a aquellos que quieren saltarse un escalón, no ya de la pirámide de Maslow, sino de su condición social. Les mostrarán un mundo que jamás podrán alcanzar por mucho que se esfuercen. Llegarán tan exhaustos a sus casas que ni modo pensarán en hacer el amor con sus parejas. Las parejas se fracturan por falta de sexo. El resultado son las escandalosas cifras de divorcio, las soledades compartidas y el paupérrimo reducto del terrible aislamiento al que muchos se ven reducidos. La ecuación es simple. Menos sexo, menos autoconfianza, fractura de la pareja, soledad y fin de los estímulos positivos para tu salud y tu bienestar.

El éxito social te puede inflar el ego pero sólo la respiración acompasada del que duerme contigo o aquel con quien te abrazas genera oxitocina, dopamina y esas sustancias del bienestar. ¿Cómo contrarrestamos esto? Pues con química. El paralelismo entre el incremento de la soledad y el consumo de fármacos es brutal. Si todos en nuestro fuero interior sabemos esto ¿Por qué seguimos encerrados en esta alambrada de opresión? Porque tenemos miedo. Miedo a perder lo conseguido, aunque sea a todas luces insuficiente y nos condene a una infelicidad permanente. En casos más extremos tendríamos a las víctimas de la violencia y el terror.

Privar de alimento, descanso o incluso de un sentimiento de filiación  (no eres nada, ni siquiera ser humano) desprovee al hombre del mínimo impulso para luchar contra esa injusticia manifiesta. Aquí es donde aparece la indefensión aprendida. Los judíos marchaban mansamente a las cámaras de gas, despojados de todo, ya no les quedaba nada por lo que luchar.

  Las mujeres abusadas durante tantos años también han vivido con esa indefensión aprendida. No sólo las actrices de Hollywood. Al menos luego les quedaba un buen cheque o una estrella en el paseo de la fama pero ¿Qué hay de esas otras mujeres que apenas obtendrán el salario mínimo para alimentar a sus hijos? Como dijo Oprah Winfrey en la entrega de los Golden Globe, han existido camareras, oficinistas; en nuestro país, las criadas que servían en casa de los señoritos a cambio de casa y techo tenían encima que dejarse manosear de vez en cuando o ser abusadas de formas aún más crueles. De todos los pecados de la civilización el peor es de la indefensión aprendida y el carecer de herramientas para erradicar semejante mal.

Ese viejo par de jeans (el buen amor)

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Me encantan los vaqueros. Sin llegar a exagerar puedo tener unos veinte: pitillos, talle alto, talle bajo, big size, blancos, azules, grises, negros ¿Al final que ocurre? Os sucederá a vosotros. Al final casi siempre te pones los mismos; algunos perecen por el excesivo uso y se rajan por lugares indiscretos, aún así te resistes a arrojarlos al contenedor de la ropa vieja. Adoras esos vaqueros.
Ese instante mágico en el que encuentras al jean que te ajusta a la perfección, te hace el culo perfecto, con los que te sientes joven, feliz… Sin saber por qué, el vaquero es esa prenda fetiche de infinitas connotaciones positivas. El día que encuentras el vaquero perfecto, lo anotas en las jornadas gloriosas de tu existencia.

  El buen amor es un viejo par de jeans. No son necesariamente ni los más caros, nunca los más baratos pero se convierten en tus compañeros inseparables en invierno y verano. Puedes vestirlos horas, te han acompañado en cientos de eventos importantes, en las mejores citas y sobre todo en esos días que eres consciente de pasar la jornada entera fuera de tu casa.

  ¿El buen amor por fuerza ha de ser cómodo? Sí, pero no comodón ni aburrido. No darlo por sentado una vez que lo hallas. El gran esfuerzo de cada día alcanza a mantener lo conseguido. El buen trabajo diario logra de cuando en cuando un destello de inmortalidad y esto lo podemos aplicar a cualquier área de la vida, siempre y cuando no descuidemos la labor de mantenimiento. Un amigo mío lo denominaba “servicios mínimos”; cortesía, amabilidad, respeto y educación. Eso es lo mínimo, sí.

  El buen amor no es un sentimiento sino un compromiso. Por muy frío que parezca, así es. Este se construye gracias a pactos, acuerdos y continuos reajustes. Cierto. Ese pálpito, la emoción, la excitación, los nervios y enamoramiento también nos hace inmortales, nos endiosa pero también puede destrozar nuestra salud. La pasión erótico-amorosa dura unos cuatro años, dicen los expertos. Nuestro corazón explotaría. Por otra parte, las turbulencias emocionales son un horror, minan nuestra autoestima y nuestro bienestar físico y emocional. En el buen amor hay planes, hay paz, hay futuro y tranquilidad.  ¿Qué buscamos cuando el amor aparece en nuestras vidas? Por desgracia, nuestras relaciones y antepasados familiares marcan sobremanera las relaciones de pareja presentes y futuras pero — por si alguien aún no se ha enterado —somos naranjas completas o hemos de serlo.

 El buen amor comparte y suma cualidades no va buscando desesperadamente que el otro supla tus carencias. Igual que un buen blueyin, se adapta a ti como una segunda piel pero no te crea una extremo adicional o te añade centímetros en las piernas. ¿Qué energía preside ese amor que vives? En los amores más apasionados hay una energía de muerte. Grandes historias de amor son profundamente luctuosas. Carmen, Medea, Otello tienen en común el asesinato ¿Qué mal rollo no? Vivir contaminado de ficción nos conduce sin remedio a un concepto erróneo del amor. Incluso hay adictos a estos sentimientos de peligro, infelicidad y montaña rusa emocional. Quizá yo misma en algún momento de mi vida me he paseado por estos raíles.

  El buen amor se vislumbra claro desde el principio; es rápido y suave y fácil y sigue la ley natural del mínimo esfuerzo. Igual que crece la hierba sin sacrificios aparentes o amanece cada día sin necesidad de grandes estrategias, el buen amor debe ser sencillo, natural. Malevaje cantaba aquello de no me quieras tanto, quiéreme mejor. Una verdad absoluta. Por eso para mi, el buen amor es un viejo par de jeans.

Cuento de Navidad

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Podría escribir los versos más tristes esta noche. Amé y no me amaron. Me esforcé en vano. Toda mi vida, cada minuto de mi vida. Es como la Yerma de Lorca. Buscando una inseminación inútil. Nada fructifica. Esfuerzos titánicos en balde. Entiendo a los marineros del Titanic. Sólo me falta una orquesta que armonice las navidades más desoladoras de mi existencia. Y cuántos como yo se sentirán igual. La Navidad con sus hermosas luces y sus ofertas de felicidad hace más desgraciado a quien ni tiene para la luz, ni para la felicidad, ni para regalos. El espacio entre el deseo y la realidad se erige más kilométrico en estas fechas.

La Navidad en los campos de batalla, en los campos de refugiados. La Navidad en la calle, en la frialdad de la noche. La Navidad en un coche patrulla, en una cama de hospital. La Navidad en un albergue. Lejos, muy lejos de los tuyos. La Navidad y sus ángeles que sólo vienen a rescatarte en las películas de James Stewart, jamás en la realidad. ¡Y hay tanta bondad en el universo! pero a ti no te toca. La desilusión ha hecho costra y se fundió contigo, porque cada nueva cita es recibida con bostezos porque todos los tíos son unos cabrones. Todas las mujeres unas interesadas. Porque, ay, todo es una mierda. Cuántas veces escuchamos esas frases: la vida es injusta, la gente es mala, no esperes nada de nadie, el mal es la moneda de cambio. Podría escribir los versos más tristes esta noche pero no lo haré. A pesar de la soledad, del frío, de la incertidumbre a lo que vendrá. A pesar de los esfuerzos titánicos y las horas robadas al verano, a la playa, a mi hijo que han resultado inútiles. Horas que no regresarán. Tiempo que ha devorado la arena. Y pasan los años y criamos una arruga más, tejemos una cana más y nada cambia. En este juego de naipes siempre ganan los mismos. Las cartas están marcadas desde el principio.

  Ya están aquí los días felices, me dicen algunos.  Me da igual. Honestamente. He llegado al puto nirvana. A dejarme llevar. Al abandono absoluto, porque podría escribir los versos más tristes esta noche pero ¿sabéis qué? No lo haré. No le daré ese poder al que pudo amarme y no lo hizo, a las pruebas con trampa de la vida, a los tahúres que mienten y viven y mienten y mienten. Porque siempre supe —en el fondo siempre lo sabemos— que detrás había el engaño y la falsedad.

 Por eso nada de tristezas. Sólo me zambulliré en las personas encantadoras y sin máscaras. En los esfuerzos limpios y a pecho descubierto. En la vida cruda y descarnada y que dure lo que tenga que durar. ¿Quién quiere vivir para siempre? Yo al menos no. De esta manera no. Y estoy segura que la mayoría de vosotros tampoco. Somos hijos de la divinidad y no esclavos. Nadie nace para las miserias, los mendrugos y las migajas de algunos, sino para el esplendor. La navidad es un recordatorio perenne: somos luz. Siempre y cada vez. Por más que nos machaquen.

 Podría escribir los versos más tristes esta noche pero me niego. Quizá un día ya no escriba. Quizá un día me desvanezca pero os juro que ni un sólo minuto habré dejado de brillar con el amor incomparable que el creador me regaló. Aunque mi siembra nunca espigue. La Navidad es una candela que brilla en tu alma y te dice: "adelante, no te rindas. La vida es hermosa aunque a veces duela".

De cabrones y cabronas

 
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  En Yecla hay un macho cabrío suelto "asilvestrado" haciendo de las suyas. Es una cabra loca pensarán ustedes. Pero se equivocan, esa, en todo caso soy yo. A ver, pobrecillo. Es como si  a mi me soltaran en Tiffany's una noche —avariciosa e incrédula— ; rompería las sofisticadas vitrinas y me lo colgaría todo con furia y desasogiego. Y luego, luego deberían detenerme porque joya puesta, joya que se queda la nena. Ya me veo, con un macizo a mis espaldas esposándome con su cálido aliento en mi cogote.

Si es que ya me lo dicen mis amigas, tengo que ser más cabrona, a ver si alguno consigue detenerme, ejem. Como mi sueldo de columnista no me da ni para un Michael Kors, desde aquí les pido como cabrona que soy, que dejen de felicitarme las pascuas, no quiero cosas intangibles como el amor o las buenas intenciones. Yo lo que quiero es un bolso Gucci y después soy capaz hasta de domar al macho cabrón, digo, cabrío. Lo que haga falta por un Chanel o un traje de noche de Dior. Ya de adolescente solía gritar aquello de Dior mío.

Mis amigas ex-adolescentes de la escuela lo pueden corroborar. Pero nada, el universo no me envía trajes de colección, sólo pirados en las redes que me molestan. No se puede ser amable con los desconocidos por muy bonito que sea el concepto de Almodóvar. La amabilidad de los extraños en twitter conlleva su correspondiente peaje. El macho suelto me ha hecho reflexionar acerca de cuántas veces destrozamos las vidas de los demás por estar en el lugar equivocado. El cabrón tiene que irse con Pedro y Heidy a las montañas. Y allí será feliz y hará felices a los demás con su rica leche y su caliente lana. La ecuación cuernos más ciudad es por fuerza desastrosa

Las almas libres no pueden jurar eterno amor aunque lo sientan en sus corazones porque se convertirá en una pesada cadena que los convertirá en cabríos/as desalmados. Putos en esencia. Los hombres, los machos cabríos asilvestrados, no son malos en el fondo. Para ellos romper tiestos o clavarte sus afilados cuernos es lo natural. No entenderán porqué te quejas, o porqué los bloqueas o te alejas de ellos. Ellos, que son únicos en su especie, consideran que te están haciendo un favor. Imagínate, un ejemplar único que ha posado sus desorbitados ojos en ti. Es para estar agradecida al universo ¿O no? Pues no, universo, déjalo ya por favor, que paso de hacer más antropología social. Ya aprendí la lección. Vete con los "jelipollers" a otra parte.

  La moraleja de esta columna es que uno no es bueno o malo. Que estar en el lugar equivocado te puede convertir en un monstruo o en una zorra sin corazón. Las cabras locas necesitan espacio, naturaleza y algún bolso caro, o algún reloj bonito para sentirse felices. En serio, una cabra loca es la mejor de las amantes incluso abnegada esposa pero si tratas de dominarla, macho (cabrón), estás acabado y siempre perderás la partida. No hay nada que hacer. Con los cabrones sucede igual. Mujer, abandona tu plañiderismo y fíjate en otro ejemplar. El chulazo al final siempre te clavará el puñal por la espalda. Porque no lo pueden evitar. Es su naturaleza: no son nobles, ni fieles y apenas piensan en otra persona que en ellos mismos. En esta vida, todo es cuestión de elegir tu papel en la vida. Eres fruto de tus decisiones. Tú eliges si te quedas o te vas. Ya sabes que la cabra y el cabrón siempre tiran al monte.

Dime que me quieres

 
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  Hay que atreverse. Atreverse a salir del cascarón. Atreverse a hacer preguntas incómodas, preguntas que nadie más quiere a hacer. Atreverse a mirar tu lado oscuro y abrazarlo. Atreverse a ser feliz. Hay que hacer lo necesario para ello. Atreverse a salir del armario y gozar de esa gran liberación. Y ese armario no siempre es sexual. No siempre tendrá que ver con tus tendencias.

Cuántas veces uno calla y otorga. Y ese silencio pesa como mil cadenas en el corazón. Cuántas veces uno quiere escapar de una vida que no le llena, una relación aburrida y previsible, un trabajo que le roba la alegría, que esquilmará tus energías, tu creatividad, hasta convertirte en el fantasma de quien eras. Hace falta valor, claro. Cuántos de los que estáis leyendo esto estaréis sepultados por toneladas de agua, estupefactos, encogidos e inmóviles bajo esa gran angustia submarina. La vida es muy larga, dicen algunos. Y van posponiendo, procastinando, esa decisión tan dura de tomar, tan radical, que desgarrará de un modo salvaje sus vidas y las de sus seres amados. Y se enferman, y caen en adicciones y entretienen las horas con mil actividades para perder la conciencia de lo jodidos que están. Pero lo peor de todo es que creen que sacrifican sus horas por un bien mayor. Esa es la gran excusa: los hijos, el dinero, el futuro.

La verdad es esta: te acostumbraste a no pedirle más a la vida. Cuando te entran las ganas de moverte, de pronto te dices que esa burbuja de insatisfacción tampoco está tan mal. Otros lo pasan peor; ahora no es el momento adecuado, te auto convencerás. Volverás a mentirte una y otra vez. ¿Hasta cuándo? Decidir una ruptura de nuestra rutina, de cualquier aspecto de nuestra vida es algo que nos atañe a nosotros única y exclusivamente.

Dejemos de tirar balones fuera. Si preferimos la mugre al esplendor por el miedo al qué dirán, al menos, atrevámonos a decirlo en voz alta: sí, soy un cobarde y prefiero la perenne desidia al riesgo, a la magia, al infinito mundo de posibilidades que espera ahí afuera. Hace unos días vi una serie magnífica que les recomiendo: "Tell me, you love me" (HBO 2007), "Dime que me quieres". La protagonista es una psicoterapeuta de pareja y apenas nos acercamos a la intimidad de unos pocos personajes. Es una serie valiente. Hay sexo, sexo real, no el de las comedias románticas, ni el del porno. Cualquiera podrá verse reflejado en esas escenas. Y hay amargura y hay frustración.

Lo que sucede en tantas y tantas parejas que primero se engañan y luego se topan, valientemente, con la verdad. Su verdad. Hay que atreverse a decir palabras como "Ya no te quiero", "Te quiero, pero no quiero hijos" o "Me aterra el compromiso y por eso te monto escenas de celos, para sabotear la relación. En realidad no son celos, es que no quiero ser monógama toda mi vida". El mundo de las relaciones es complejo. El de las emociones, no tanto pero si algo me han enseñado estos años es que, primero, la vida es corta. Cuando te das cuenta casi tienes 50. Segundo: cuando muera me arrepentiré únicamente de aquello que el miedo me impidió realizar y, tercero: cuando erradicas esa palabra viscosa de tu vida: "miedo", todo es mucho más fácil. Odio perder el tiempo con personas que no me interesan por eso a las que me interesan, de inmediato se lo hago saber. También hay que atreverse a decir en voz alta, aunque sea de vez en cuando: "Dime que me quieres".

La ciudad sin puertas

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 He tenido una epifanía. El miércoles pasado bajo la lluvia concluí que todo lo que amo de las ciudades que amo me recuerdan a Murcia. Qué pena que llueva tan poco porque esta ciudad es aún más bonita bajo el agua. Las nubes la convierten en Brigadoon, un lugar donde se detiene el reloj y todos los tiempos: pasado, presente y futuro, confluyen en sus aceras.

 De un modo mágico nos encontramos atrapados en esas callejas de trazados confusos donde moriscos, judíos y cristianos compartían la vida. Y es fácil imaginarse que el palacio del Almudí es de nuevo el pósito de trigo y que emerge de sus ruinas el edificio del Contraste de la Seda. Y hasta escucho las cantigas de Alfonso X retumbar en la primigenia mezquita, reconvertida en esa fastuosa iglesia catedral de Santa María. Es una suerte haber crecido aquí, en un barrio arrabalero e industrial como era San Antolín en la antigüedad. Era una niña de la calle. No había lujos, sin embargo, la vida era abundante y las calzadas donde jugábamos casi hasta las diez de la noche y en pleno invierno, un universo rico, interminable.

 Del colmado de Pepe salían aromas de manjares y su escaparate nos anunciaba las estaciones. Los mantecados en Navidad, las sandías en verano y mi padre que me decía que nada de Phoskitos, que palomitas, que son más sanas. Lo mejor de todo es que hasta un barrio como el de San Antolín, aún algo arrabalero y pobretón, tenía una calle de adoquines, como las de París, y su iglesia casi siempre estaba abierta en Semana Santa. Yo me encerraba a solas en el templo y me encontraba  cara a cara con los pasos de las procesiones: esa Verónica preciosa y la fantasmagórica imagen dibujada en un paño y el Caifás enfurruñado con su dedo señalador. Sola, subyugada en la penumbra de la iglesia; en un tiempo sin móviles, libertaria, bañada en arte y fantasía. Menuda friki.

 No fui una niña feliz pese a todo. Murcia aún esconde momentos de dolor. De luces y muchas sombras. De hecho, contra todo pronóstico, me fui a Madrid a estudiar Periodismo. Sin dinero, con becas y con una prueba de fe que haría palidecer al propio Kunta Kinte. En realidad, yo no quería estudiar Periodismo. Lo único que quería era largarme.  Soy experta en huidas. Y he intentado escapar muchas veces de aquí, de las memorias dolorosas de mis antepasados, del maldito privilegio de los antiguos hidalgos que todavía persiste en los apellidos con pedigrí y en cierta tontería estomagante, endogámica y estúpida a la que se agarran algunos colectivos. El postureo lo inventamos aquí.

 He cruzado el mundo: el verde de monte y mar de Puerto Rico, en verdad, siempre me recordó las sendas de la huerta; las playas humildes pero tan hermosas del Mar Menor. La luz de Los Ángeles y de los pioneros del cine es la misma luz de Murcia. Los trazados medievales de Londres, Edimburgo o el norte de España me han empujado a una nostalgia atroz de nuestras calles, las que perecieron en pos de un falso progreso. Tan estúpido como las hidalguías ha sido arrasar con el pasado  y primar el beneficio económico por encima de todo. Por suerte, hemos cambiado un poco. Contra todo pronóstico, ha resurgido un palpitante amor por lo nuestro.

  Pero lo que más me gusta de Murcia es que es una ciudad sin puertas, en palabras de su actual alcalde. Por eso no hay llaves, por eso corre el aire. Por eso cuando llueve, Murcia podría ser cualquier lugar del mundo.

Flores del más allá

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 Hace cinco años murió mi amigo Juan Carlos Calderón. Quienes le amamos tenemos presente esta fecha, como la de su cumpleaños. De una forma natural, agradecidos de haber compartido tanto. En estos días a todos nos llegó alguna flor del más allá. Pero es que nunca se va. Una canción suya suena cada minuto en alguna emisora del mundo. O en la música de algún spot, esos anuncios que patrocinan tu programa y serie favoritos. ¿Casualidad?

 Calderon, Cacalos llamado así por sus seres queridos, por mí, tuvo —tristemente— una conciencia muy precoz de la muerte. De la suya, de la su hijo Juanín incluso. La premonición llegó en forma de letra. Esa canción se llamaba El pequeño Chopin. Quién sabe si por su genio creador o por una manía terrible pensaba obsesivamente en ella. Como por arte de magia, ayer asistí a un concierto en el que el magnífico violinista belga Wibert Aerts interpretaba, precisamente, el Concerto fúnebre (Hartmann). Otra flor, me dije. En esas sincronías me encuentro siempre a Calderón. En vida podía llegar a ser muy pesado y gruñón... y le adorábamos por ello. Por su encantadora insistencia, por ese afán de sentirse imprescindible y hacerte sentir imprescindible;  una vez traspasado el plano de los mortales aparece cuando  tiene que estar. Ni antes, ni después. Como la estrella que era, que sigue siendo.

 Casi por arte de magia,  esta semana unos auriculares nuevos se rompieron y me obligaron a escuchar los arreglos puros de Mediterráneo. En las grabaciones antiguas, el karaoke funciona así: Serrat muy lejos, los arreglos, muy contundentes. Confieso que se me saltaron las lágrimas. Les invito a que prueben el ejercicio. Callen a Serrat. Como dirían los americanos: Fucking great! En las grabaciones antiguas todo era orgánico y nada digital. En ese soundtrack suena un ruido extraño. Es como un crujido, como la aguja del tocadiscos que raspa impertinente el vinilo. A saber qué cosa sería: ¿Un papel arrugado? ¿La grabación de un lápiz sobre el papel de partitura?. Me vinieron a la mente las gamberradas de Cacalos. En el primer disco de Luis Eduardo Aute  "Diálogos de Rodrigo y Ximena" (1968) se grabaron los latidos del corazón y por ahí andan, entre guitarras eléctricas y melotrones. Estas cosas me las contaba porque me consideraba una arqueóloga musical, dado que me interesé por una "antigualla"como él. Ese ruido extraño era otra flor, otro guiño póstumo de aquel que siempre fue un mago con la música y sus maravillosas letras. Él hizo magia de sí mismo, de su vida, de sus relaciones con los demás.

Todo lo que tocaba se convertía en oro, le recriminaban chistosamente: "Nada de rey Midas del Pop, que trabajo como un cabrón".  Él era un mago y creaba su destino. Nunca se rendía. A eso me enseñó Calderón. A valorarme y no rendirme. A casarme con mis sueños. A ser fiel a mi misma por encima de todo.  A ser adolescente eterna, y abandonar la eterna responsabilidad de ser la hermana mayor. Me enseñó el valor de la familia, de los amigos, de los amores que nos brinda Dios. A sentirme segura. Los que le importamos algo siempre lo supimos. Nos quería y lo demostraba. Calderón era capaz de ver lo mejor de los demás, tu tesoro escondido a los ojos del mundo, pero nunca a los suyos. Su magia era tener la conciencia exacta de la grandeza que reside en el fondo de los corazones En los días importantes, su energía siempre está ahí y nos revela tesoros escondidos en la pista secreta de sus canciones.

Territorio violable

 
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No sé en qué punto ha fallado la educación para que la violación les parezca una alternativa de ocio a una manada de descerebrados. En la sociedad Occidental criticamos mucho el Islam porque las mujeres llevan burka, porque las casan sin su consentimiento cuando son niñas, porque viven para servir al hombre sin posibilidad de redención. No miremos tanto afuera.

 Lo de aquí tiene su miga, oigan. Atención al escabroso escrito de acusación contra los presuntos violadores, conocidos como La Manada: "bajaron la ropa interior de la joven y le obligaron a realizar felaciones a todos ellos, que también le penetraron, uno anal y vaginalmente, sin usar preservativo y "valiéndose de su superioridad física y numérica" y de la "imposibilidad" de la joven de "ejercer la más mínima resistencia". Ah, claro, lo grabaron. Este detalle no puede faltar en cualquier agresión de nuestros días. Por supuesto, le robaron el móvil para que no pudiera pedir auxilio.

Los whasaps encontrados donde se especifican lo necesario para consumar la infamia no dejan lugar a dudas. Reinoles "baratos", burundanga, cuerdas, "porque claro, querremos violar todos". Teresa Espuch me animó a escribir sobre esto. Difícil no repetirse a estas alturas. Sólo la reflexión final: cómo se trivializa la violación primero por los imputados y luego por sus amiguitos fieles: "follándonos a una entre los cinco, qué puta pasada de viaje" —Os envidio, esos son los viajes guapos. Después, la trivialización llega de manos de algunos comunicadores: La pregunta del periodista Nacho Abad en Espejo Público si "fue sexo consentido o violación" ya es el rizo que hizo estallar las redes sociales ¿Presunción de inocencia? Claro, lo que tu digas, machote. No somos inocentes.

Todos hemos violado a esa joven. Todos somos responsables. Hemos convertido la vida en un puto reality show donde las comidas con los amigos, los platos deliciosos y los encuentros sorpresivos con famosos se retransmiten. Cosificamos la vida.

La vida no es nada, es un paisaje de fondo. Lo que cuenta es la foto de instangram o  el video que retransmitimos. Yo que trabajo en esto, que no tengo más remedio que usar las redes y los medios de comunicación masivos y no masivos he optado por quitarme de la foto. Yo no soy la protagonista. No quiero serlo. Mi vida es algo muy privado y solamente me retransmito cuando siento la paz y el convencimiento necesario para ello. Las cosas más importantes de mi vida no han pasado por cámaras, ni grabadoras, ni redes. Los mejores momentos están guardados en el corazón y acaso han logrado traspasar al campo de la palabra, o al relato oral donde todo es menos evidente. Quizá también les pase a ustedes. La mirada de mi hijo recién nacido sobre mi regazo, el estertor del mejor polvo de mi vida, amanecer en el Caribe después de un día de viaje. Nada de eso está en la nube. 

Cuando uno es pleno no necesita fotos. Lo del trabajo, obviamente, es otra cosa. Estos jóvenes, culpables o no —no nos metamos encima en un lío por quitarles la palabra presunto del sujeto—miran en derredor y no ven a personas, si no sujetos anónimos a quién utilizar; territorios violables. Prefieren usurpar a amar. Qué triste. ¿No será más bonito que conquistes a la mujer que te gusta con risas y bromas y no con reinoles? El corporativismo masculino es deleznable. Lo peor, es que está anclado en nuestro subconsciente. Para muchos, una mujer de sexualidad abierta es una puerta abierta para tu barbarie. Un estercolero donde tirar tu mierda. Un territorio violable, sí.

Histeria

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  Resulta enternecedor que en la época victoriana los médicos confundiesen el orgasmo con el paroxismo histérico. Las mujeres, por supuesto, carecían del sentido del placer en la zona genital. El sexo era cosa de hombres en el viejo orden. Esto también ocurría en tiempos de Platón e Hypócrates: la Histeria es tan antigua que figura en los papiros egipcios. Histeria significa literalmente útero. Los antiguos tenían la fantástica teoría de que el útero viajaba por el cuerpo de la mujer, a su bola, causando todo tipo de estropicios, sobre todo si llegaba al pecho. Desfallecimientos, insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, “tendencia a causar problemas” y dolores de cabeza. Esos eran los genéricos síntomas de la Histeria. Todas éramos y somos unas histéricas porque ¿Quién se libra de algunas de estas dolencias?

Por esta misma regla de tres, todos vosotros, hombres del mundo, sois también unos histéricos. En la época victoriana la abstinencia sexual tenía a las mujeres subiéndose por las paredes y a los médicos diagnosticando lo mismo: Histeria. Pero también ocurría en el medievo. Galeno, en el siglo II, lo encontraba especialmente preocupante en viudas, monjas y vírgenes. Mujeres de poderoso fuego interior que corrían el peligro de volverse locas si no se aliviaban con un buen polvo hasta lograr el paroxismo histérico.

  El tratamiento prescrito en el XIX era el denominado “masaje pélvico”. Lo que viene a ser una masturbación en toda regla. O sea, estimulación manual en los genitales de la mujer por parte del médico, eso sí, pudorosamente tapados por una cortinilla a modo de telón. Una deliciosa película titulada “Hysteria” narra estos aconteceres, y como un joven y apuesto médico acaba con tendinitis en la muñeca debido a que la mitad de la población femenina londinense pasaba por su camilla con el fin de terminar con tales dolencias. ¿La solución para lograr paroxismos sin que ninguna mano doctoril corriese peligro? El vibrador. Sí, queridos, hemos visto dildos en piedra desde el tiempo de los romanos, pero es en la época victoriana de puritanismo a ultranza cuando surge el vibrador. En lujosos balnearios e incluso asilos, se utilizaban como método sofisticado de sanación y, de esta forma, los médicos pudieron seguir aliviando la histeria de sus pacientes sin perder clientela y salvaguardar su integridad física.

 Es retorcido comprobar las vueltas que dieron doctores y sociedad para eludir que la auténtica utilidad del aparatito era la de calmar los ardores. Podrían ser castas, puras y virginales, pero con necesidades fisiológicas. También es triste comprobar como la insatisfacción sexual era algo no contemplado en ningún manual de medicina y aún menos asociado —Oh, horror— a las lindas y delicadas damiselas. Lo cierto es que el famoso vibrador llegó a los hogares antes que las planchas eléctricas o los aspiradores eléctricos. Vamos, que casi es el primer chisme eléctrico que entró en las casas y que la histeria dejó de considerarse enfermedad en el año 1952. Negarle a la mujer la posibilidad de un orgasmo, de sentir placer estaba en consonancia con el papel que jugaba en la sociedad. La fémina era un mero instrumento reproductor, ajena a las decisiones políticas y avances varios. Y la que se salía de ese encuadre era una histérica, adjetivo que, por cierto, aún subsiste.

  La libertad y la fiesta del cuerpo engarza con la inteligencia, el estallido creativo, el resplandor de la innovación y las infinitas posibilidades de desarrollo. Negarse al placer es negarse a la vida, es amputar aquello que nos hace humanos y divinos. El orgasmo, nada de paroxismo histérico, bien vale la libertad gloriosa de mujeres y hombres.

Mi yo superior

 
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  Desde hace unos días me voy a la cama esperando la cita con mi otro yo, mi yo cuántico. Quiero respuestas y las quiero ya. Así que con estudiado respeto me dirijo a este otro elemento superior que es la mejor versión de mi misma, la más adelantada, la que toma las decisiones correctas y le suplico, por favor, por favor, (espejito, espejito) muéstrame cual será el mejor de mis futuros posibles. Lamentablemente, los sueños no me devuelven respuestas muy claras, imagino que tendré que depurar la técnica. Es lo que toda la vida Dios se ha denominado "consultarlo con la almohada"

  A Malet, premio Nobel 20106, físico y experto en la mecánica de los fluidos, por fin le han reconocido sus teorías pero muchos lo tomaron por un iluminado no hace tanto. ¿Conocen la Ley del desdoblamiento? Malet sostiene que tenemos dos tiempos diferentes a la misma vez. Un segundo en un tiempo consciente y miles de millones de segundos en otro tiempo imperceptible, en el que hacemos cosas cuya experiencia pasamos luego al consciente. Esta teoría explica de un modo científico —que me costaría horrores reproducir aquí—el por qué de los "Dejà vu", las premoniciones, las intuiciones e incluso los flechazos.

Ese alguien te impacta porque tu yo cuántico ya lo ha vivido todo antes que tú, porque, aunque tu memoria consciente lo haya olvidado, tu memoria subconsciente tiene muy presente los besos, los olores, las sábanas, los coitos, las promesas de amor y casi también todo el caos que sobreviene después: el desengaño, el dolor, las lágrimas y la depresión.  No es flechazo, es que te vas de cabeza a vivir lo que ya conoces. Como nos gusta lo malo conocido. En el 2006 la revista American Institute of Physics de Nueva York y su comité científico validaron la teoría de Malet.

Llevo días escuchando a este francés quien asegura que existen infinitos planos de realidad. Existen cientos de "yoes" pululando alrededor. No los vemos, pero están ahí. Hay una miríada de opciones y de mundos posibles que coexisten en otros cientos de planos y tu yo cuántico te las acerca en sueños para que aceptes, por ejemplo,  que lo mejor que pudo ocurrir fue la ruptura. Y así le das una oportunidad a tu yo consciente de abrirse a otros caminos. El yo cuántico te dice, mira tonta, esto es lo que te hubiese pasado si hubieras seguido con fulanito. Y como un fantasma de las navidades futuras, te ves a ti misma, onírica, atrapada en un bucle de frustración y aburrimiento. Imagino a Puigdemont desde hace meses escondido tras su flequillo cuántico y preguntándose por el mejor de los futuros posibles. Las greñas no le dejan ver el bosque, está claro. 

Por mucho que Malet haya desarrollado esta maravillosa teoría con la que todos podemos auto ayudarnos, hay seres atrapados en un enorme ego. Ese ego que crea el fantasma de la dualidad. Ellos son malos, yo soy el bueno. Ese ego que te engaña y te lleva siempre al desastre. Despertemos. No hay otros. No hay enemigos imaginarios. Asumamos la responsabilidad. Nosotros somos los auténticos creadores de nuestra vida. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Es lógico que en ocasiones uno se sienta perdido. En ese caso, escuchen a su intuición más que a su razón. Piensen en Malet. Pongan a dialogar a su consciente con su yo cuántico y se producirá un intercambio de información que —si su ego lo permite—le anticiparán el mejor presente posible.  Y no es magia, sostiene Jean Pierre: "en física se llama hiperincusión y está perfectamente demostrada".  
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La bestia sutil

   
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  Siempre sucede del mismo modo. Ellos son hombres poderosos, ellas mujeres vulnerables en pos de un sueño, metidas en carreras de máxima competitividad. Quien no haya sentido la viscosidad del acoso en sus carnes que levante la mano, porque a mi ya me faltan dedos de la mía. Ese superior responsable que te toca el culo, ese señor de altísimo rango que aprovecha cuando te sientas a su lado para tomar notas y deja caer su mano distraída pero férrea en tu pierna, aquel que te pide que seas su novia aunque seas treinta años menor y él más feo que una alpargata, o aquel que, ya que estás de viaje de trabajo, te llevo de vinos y te pido que me des un piquito una y otra vez, una  y otra vez, y te someto a una persecución persistente la semana que estás fuera de casa. Esto ocurre a diario sin más, de un modo inexorable.

Por eso la igualdad de la mujer en los puestos de trabajo sigue siendo una falacia. Porque nosotras queremos prosperar y ellos lo saben. Porque hasta Gwyneth Paltrow guardó silencio cuando Harvey Weinstein se propasaba en sus muestras de afecto. No quería perder su papel en Emma y, no sólo eso, el ogro le dio su rol protagonista en Shakespeare in love y ella lo recordó durante el minuto de agradecimientos cuando recogió su Oscar, así, tan digna. Porque algunas tienen claro que han de pagar un peaje por llegar a lo más alto. O incluso por sobrevivir. Porque ellos saben medir. Weinstein recibía en bata a sus estrellas, completamente desnudo, o las invitaba a un hotel para una reunión y lo que se terciara, pero con algunas llegó un poco más lejos: A Ashley Jud le pidió un masaje.  A otras las violó, como sucedió con Asia Argento. Fin del camino.

 No me sorprende el caso de Weinstein, su frente lleva el letrero de "soy un puto acosador. Lo verdaderamente  chocante es el silencio cómplice que les ha permitido a personas como él jugar a ser los poderosos y tu la pringada. Así durante décadas.  Como si formase parte de una convención no escrita. Una regla subyacente en las relaciones labores de determinados hombres con mujeres. Hemos conocido recientemente las 368 víctimas de acoso sexual de gimnastas rítmicas en Estados Unidos. Las atletas Jessica Howard y Jamie Dantzscher o Mac Kayla Maroney contra Larry Nassar. O el de la gimnasta ucraniana Tatiana Gutsu violada por el campeón olímpico Vitaly Sherboa alos 15 años, quien asegura haberse sentido en una cárcel los 27 que ha permanecido callada.

 Este es un círculo vicioso interminable. Dudo que alguna vez llegue a su fin. Tú me necesitas para subir, así que harás lo que sea necesario, y yo pienso sacar tajada de ello. No me vas a denunciar porque no tienes pruebas, pero como me has rechazado una y otra vez, te voy a joder todo lo que pueda el resto de tu vida. Ellos son culpables, por supuesto, pero hacer la vista gorda es aún peor. De hecho, me sonrojo al recordar algunos casos vividos y me siento incapaz de hacer daño, no al agresor, sino a sus familias. Me digo, total no fue nada, una tontería. El agresor listo es una bestia sutil, conoce los métodos para que parezca, efectivamente, que no es nada, que es una tontería pero ¿Por qué hemos de aguantar aún semejantes situaciones? ¿Qué culpabilidad o complejo de inferioridad subsiste en nosotras para todavía  tolerar palabras y manoseos fuera de tono ?  Mujeres del mundo, despertad. El peaje a pagar sólo está en vuestra cabezas.

Mosso bueno, mosso malo

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Me ha caído la del pulpo. Se me ha ocurrido decir que Trapero me pone y, madre mía, como se ha puesto el personal en las redes sociales. Eso sí, las señoras, la mayoría de ellas, me han dado la razón porque, por muy independentista que sea, por muy de saltarse las normas a la torera que sea, Trapote está bueno. Tiene ese punto viril, masculino, basto y algo animal que, por lo menos, a mi me encanta.

 Queridos míos, con algo hemos desengrasar este panorama que nos tiene a todos de los nervios. Esta tensión insostenible entre los que queremos el AVE soterrado aunque las obras sean molestas y los que no se creen que las obras sean transitorias y entre los que amamos este país crujiente, caliente, diverso y plural que se llama España y aquellos que no se sienten españoles. La mayoría de ellos son jóvenes, incluso de mi quinta. Sus antepasados son de Jaén o Calatayud o Jumilla o Cáceres pero, quien sabe porqué, sólo se sienten catalanes y no quieren sentirse otra cosa.

Imagino que quitarse la etiqueta de charnego ha sido imperativo para algunos, así como pronunciar y escribir un correcto catalán (al final muchos de ellos no escriben bien ni el castellano ni el catalán). ¿Es una cuestión de complejos? ¿De dorarles la píldora a todos esos nombres que desde el feudalismo les han jodido y bien jodidos?¿Por qué se empeñan en buscar fuera al enemigo? El enemigo siempre ha estado dentro y son esos poderosos que siempre lo fueron y que gracias a proceder de una familia de sangre pura ostentan un cargo con sueldos de muchos ceros. Y sé de lo que hablo. Conozco casos concretos, con nombres y apellidos. Y de los otros, también. Queridos míos, amo el catalán, a sus autores, su lengua, sus campos, sus vinos, sus costumbres, sus playas pero es que eso forma parte de nuestra maravillosa España.

Yo no quiero ser sólo murciana. Quiero ser catalana y vasca y gallega y castellano-manchega y valenciana y puertorriqueña y neoyorquina y parisina. Quiero tener siete nacionalidades en vez de una y un piso franco en cada ciudad del mundo de la que me he enamorado ¡Pero qué manía de encerrarse en el terruño! Quiero decir que Trapote me pone —menudo apellido catalán, por cierto — y que nos peguemos unas risas y no montemos en cólera. Nos estamos tomando la vida demasiado en serio y la vida es un sueño, es una broma que se termina y que se termina pronto y Puigdemont es ridículo, con su chuleria y su pelo estilo perezoso y ojillos de mofeta ¿Y esas urnas para votar compradas en los chinos que parecen un tupper gigante? Todo es de chicha y nabo, aunque quedan semanas tensas y terribles y me consta que muchas amigos que viven allí lo están pasando mal. Sobre todo aquellos que ya vivieron una posguerra de mierda como la que tuvimos. No hay derecho. Porque yo soy también de donde son mis amigos. Pero volviendo a Trapero, el físico es el físico y Trapero es un señor que se cuida, no tiene michelines a sus 52 años y lleva las cejas perfectamente depiladas (con cera, diría yo) y en todo este invento del referéndum, ese cuerpo y cara de mosso, es lo único capaz de quitarme un poco el estupor. Lo otro, es lo otro, que diríamos aquí. El murciano no es tan proteccionista con lo suyo porque somos así: universalistas y adoptamos a quien haga falta. A Trapero, mismamente, si cambia de parecer político, me lo quedo yo.

Saturno

 
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  Tu historia es mi historia. Las vidas se parecen tanto las unas a las otras que se sorprenderían. Y todo el mundo quieren que cuenten la suya. Cuántas personas se han acercado a mi y me han dicho la famosa frase: si te cuento mi historia, escribes un libro. Y con algo de cinismo y mala leche les contesto que no es menester. En los últimos siete años me han despedido injustamente de un trabajo que me encantaba, han muerto familiares que quería, ha fallecido mi mejor amigo, me han traicionado personas que amaba y me he divorciado.

Les ahorro los detalles porque, efectivamente, daría para escribir un libro, pero, sobre todo, porque mi biografía y la de casi cualquiera es semejante y más con el terremoto de la crisis a nuestras espaldas.   Escucho la nueva canción de Pablo Alborán, “Saturno”, y pienso que vaya una suerte que tenemos los que contamos con una vena creativa porque el desamor nos viene de perlas. Cualquiera que haya sufrido una o varias rupturas puede deducir que esa canción cuenta, efectivamente, su vida. Los cadáveres del abandono, de los amores rotos, siempre son los mismos: los hijos que no se tuvieron, los lugares que no se visitaron juntos, tantas y tantas fotos que quedaron por hacerse, la casa que se hubiese compartido.

  El aborto del amor es el más cruel de los destinos. Es matar a un niño no nacido. O sea, matar la esperanza, el futuro. Aunque claro, como canta Pablo: "tuve tantos momentos felices que olvido lo triste que fue darte de mi alma, lo que tú echaste a perder".

  Si vives en misma ciudad que te enamoraste y te despreciaron todo es un recordatorio permanente: aún se oyen los gritos de amor, no en Plutón, sino en el viejo barrio, en una playa; besos en la calle o en la ladera de un monte…Uno quiere pasar página pero hay demasiados cadáveres aún calientes por todos los rincones.   Alborán dice que se interesó por la leyenda de Saturno, el que se comía a sus hijos. Las historias de desamor tienen eso en común: en ocasiones sientes como alguien monstruoso te desolla las entrañas para comerte crudo.

¿A quién se come Saturno? a su propio hijo no nacido. Los rompeamores son Saturnos. Unos monstruos sin corazón. No empieces algo si no estás convencido de ello. No utilices.   Por otro lado, todos los que somos del signo Sagitario hemos tenido al puto Saturno retrógrado durante 3 años haciéndonos la puñeta. Con todas mis amigas Sagitario lo comento: hemos sufrido debacles increíbles. Unas más que otras. Aún cruzo los dedos para llegar a final de año con vida.

 Los astrólogos, sin embargo, coinciden en señalar que Saturno es el maestro del Karma: el pasado que regresa a tu vida, conflictos no resueltos y la imperiosa necesidad de ejecutar lo que tantos años atrás has ido posponiendo. Los procastinadores perecen. Saturno te obliga a ordenarte, estructurarte y te da lecciones imposibles de olvidar. Saturno te pone a los pies de los caballos y a los pies de tus citas a esos tipos que no te convienen —una amiga los denomina follapavas —para que aprendas a esquivar de una jodida vez ese pedrusco. Todos hemos sufrido“saturnos” en nuestra vida. Esas vivencias que dejan cicatrices en vez de huellas. Todos hemos querido perdernos en la galaxia de los futuros hermosos y hemos dado con los pies en el polvo, sin una ilusión con fundamento que llevarse a la boca. Lo dicho: tu historia es mi historia y con todas, efectivamente, se escriben muchos, muchos libros.

Fallos de concordancia

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Y la esperanza explota como una olla a presión. Hay caminos de no retorno. Noticias de no retorno. Uno puede sobrevivir a ellas, sobrellevarlas, aprender los días sin esa ilusión que brotaba del corazón. Es inútil que todos te digan: tranquilo, todo pasará. Porque no pasa. O si, pero uno ya no es el mismo. En la vida todo es cuestión de tiempos, de ritmo y también de concordancia. Un fallo de concordancia es que tu corazón se incline al lado derecho de tu cuerpo. Tu corazón se mete donde no le toca y el resultado es la vida en un puño. Sabes que tarde o temprano algo dentro de ti se resquebrajará. Un fallo de concordancia es que los habitantes de un mismo pedazo de tierra denominen patria a tierras supuestamente distintas.

  Un fallo de concordancia es que uno ame y no lo amen. Que uno aporte y los otros no, que tu mente vaya por un lado y tu cuerpo por el suyo: terco y desobediente. Los humanos somos distópicos y discordantes y ese es nuestro encanto, nuestra magia, salvo cuando esa discordancia conduce al caos. En los últimos días he visto ejemplos de separatismo por todos sitios; con las amistades, con los compañeros, con las sociedades y con ese parlament que dice representar a todos los catalanes. Soy la primera a la que le cuesta tomar partido por determinadas personas, por determinadas causas. Me encanta vivir en mi neutralidad y, en todo caso, trazar puentes y conseguir esa meta tan absurdamente ambiciosa de que todo el mundo se lleve bien. Pero hay puntos de no retorno, como el que vive nuestro país estos días. Pase lo que pase, ya nada será como antes. Hay momentos en los que es obligatorio elegir, tomar partido. Has de apostar por lo que te salva o te destruyes.

  La discordancia mata al ser humano. La incoherencia le vuelve loco, bipolar, ansioso. La inconsciencia produce binomios tan antipáticos y sobrecogedores como el de Trump-Kim Jong Un; Por cierto, lean los dos apellidos en voz alta ¿No suena a mascletá? Las palabras son sabias. Conviene de vez en cuando apearse de nuestro ego, de esas certezas que apenas son ilusiones que —lejos de darnos paz— siembran nuestra vida de vallas insalvables. La cabezonería nos estalla en el corazón, igual que la esperanza. Pero somos nosotros los artificieros suicidas de semejante ruina. Acabemos ya con el terror psicológico heredado, con el auto boicot. Abandonemos esa mecha encendida, la cuenta atrás, la que nos desconcierta, la que nos provoca el insomnio, el estrés, las enfermedades autoinmunes, los miedos inventados. Los miedos que son la trampa mortal más peligrosa que existe. Nos empeñamos en hacernos listas: para ser feliz, para tener una vida sexual saludable, para adelgazar, para comprar lo imprescindible;tips de ahorro, de limpieza, de belleza; listas de lo que hay que ver, leer, comer. Apps que nos miden el consumo calórico, los pasos andados y los pensamientos perdidos. Para qué tanto.

Queridos, en esta vida hay que elegir. Es imposible llegar a todo, no somos súper hombres ni falta que hace. No tiene porque caerte bien todo el mundo y, por supuesto, hay que perder esa manía de decir que sí a todo. Un "NO" ahorra muchos fallos de concordancia con uno mismo y nos pone más guapos y contentos. Es estupendo querer agradar a los demás pero siempre sin perder de vista la propia coherencia y esa famosa frase de Sam de Sexo en Nueva York: Te quiero mucho pero me quiero mucho más a mi.Esa es la única concordancia imprescindible.

¿Qué hacías en el 92?

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Esta semana se ha conmemorado el 25 aniversario de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Aquel año fue glorioso por muchos motivos. España brillaba en el panorama Internacional lejos de las futuras FILESAS y MALESAS. Además teníamos la Expo, todos los murcianos regresaban emocionados de los chufletazos de agua que les tiraban en Sevilla para apaciguar el calor. Cuanta modernez y cuanta cola.
 Todavía éramos inexpertos en Parques Temáticos. No existía Port Aventura, ni Eurodisney, así que eso de las colas para  ver pabellones nos parecía un justo sacrificio en pos del enriquecimiento cultural. Hoy día, sin montaña rusa o waikiki splash no nos esforzamos tanto pero recordad cuando hasta para ver una exposición de Velázquez la gente esperaba pacientemente ¿Qué ha quedado de esa España inquieta y brillante?
 Yo por mi parte ni visité la Expo ni las Olimpiadas, trabajé de becaria cubriendo festivales de Flamenco con gloriosas entrevistas a Tomatito, José Mercé, Enrique Morente y mi adorada Merche Esmeralda. El apasionante mundo del periodismo cultural, de noches sin dormir en La Unión.

 No existían los teléfonos móviles, ni las cámaras digitales. Siempre estaban las socorridas cabinas, aquel tipo del bar que se solidarizaba contigo y no sólo te hacía de cuartel general sino que te invitaba a comer. Incluso si se retrasaba mucho un evento podías dictarle tu crónica a una teclista. Los gallos cantaban al alba y los días eran un tumulto de páginas, personajes y taxistas.

 No creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor, sin embargo, estoy convencida que la marca España debería rescatar ese espíritu del 92, ese empoderamiento de querer y poder ser los mejores; superar marcas y crear nuevos retos. Hemos de salir del engandulamiento generalizado que percibo en quienes persiguen sus sueños. Lo quieren todo, lo quieren ya pero que trabaje otro. Millenials, os diré un secreto: el éxito fácil es un badulaque de secretos y mentiras. Como viene, se va. Hay que recuperar ese poderío de Freddy Mercury y Caballé. Como dice Víctor Küper, pon a brillar tu bombilla, enciéndete y lúcete, España. Ya está bien de tanta crisis, que el mundo nos mire y exclame de nuevo: ¡Ole y ole!.